Miro mis brazos pálidos, marcados por las cicatrices del trabajo a lo largo de los años. Mis piernas delgadas, donde apenas quedan algunas trazas del músculo que tenía cuando era joven. Apenas recuerdo cuando corría durante horas junto al río, que parecía no tener fin. Hace tiempo que me cansé de rozar mi brazo derecho contra el mismo muro de hormigón al correr. Además estoy cansado. El tiempo. El ahogo. Estas cuatro paredes. La desilusión. El hastío.
La esperanza. A veces aún siento hormigas recorriendo mi estómago cuando pronuncio esa palabra. Aunque no recuerdo si la dejé en la celda 245 o en la 320. Hace demasiado tiempo. Me gusta observar a los jóvenes que llegan, cargados de razones y planes, confiando en que un día, recibirán un sobre sellado con la libertad. Una vez fui como ellos. Pero de eso también hace demasiado tiempo.
Los días van gastando mi vida, aunque no me importa, la perdí el día que crucé aquella alambrada de metal en la parte trasera de un furgón con las manos amarradas por aquellas esposas frías de metal. Recuerdo su tacto en mis muñecas, y el color azulado de la punta de mis dedos; estaban demasiado apretadas, dijeron cuando al fin me dejaron bajar en lo que ha sido mi mundo durante más de veinte años.
Entonces era joven, e inexperto. Tenía ilusión por las cosas. Me acuerdo que no me gustaba juntarme con los presos más viejos, me parecían tristes. Solía decir que merecían estar allí después de tanto tiempo porque no luchaban por regresar al mundo.
Escribí cartas y recursos a esos señores que estudian para aplicar justicia. Justicia; qué bonita y a la vez temible palabra. Asumo que debe ser justo privar a alguien como yo de respirar fuera de los muros humedecidos de esta maldita cárcel.
Hace tiempo que nadie me visita. Mis hermanos se enfadan cuando consiento hablar con ellos por teléfono y les niego el derecho a visitarme. Me gusta verlos felices, pero eso hace que en mí se despierte la ilusión por lo que hay ahí fuera, y es doloroso.
Y años atrás aprendí que aquí, sentir es morir, y a mí sólo me queda escucharme respirar, masticar y tragar, o como dicen algunos, sobrevivir.