lunes, 12 de marzo de 2012

Se despertó con lágrimas en flor meciendo con sus suspiros los tallos recién nacidos.

Cantó la melodía del rocío bailando entre los árboles nevados

que abandonó en su marcha firme el cruel invierno.

Acarició con sus dedos cálidos el río helado que comenzó su baile entre las rocas.

Regañó suavemente al Sol por haber tardado tanto en responder a su carta,

excusándose éste por haberla olvidado entre las hojas secas del otoño.

A su paso dejó que los pájaros fueran despertando de su letargo

y que las flores se estirasen

dejando que no quedase ningún pétalo sin saludar al Sol.

Sonrió a los amantes abrazados en la hierba

y a los niños que disfrutaban de su primer helado.

Y bailó recorriendo los parques

sonriendo a los que la estaban esperando

y a los que, simplemente, se alegraban de verla.

Cansada de su paseo se sentó en la hierba,

floreciendo a su alrededor las amapolas

y un abrazo helado rodeó su cuerpo;

era la despedida del Invierno.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Fría noche

Me desperté y lo supe.

Desempolvé los años pasados que quedaban guardados en la última de mis cajas de cartón. Con un dedo intenté hacer visibles los recuerdos de un tiempo en que las paredes de mi cuarto se pintaban con proyectos que hace tiempo fueron sustituidos por pintura de rutina.

Camino por la calle sin sentir apenas los golpes en los hombros que asestan los transeúntes en su movimiento rápido dirigido a un fin que sólo ellos conocen. Yo vago sin rumbo en una ciudad llena de luces cegadoras y sonidos pasados que hoy me resultan extraños.

Veo risas que esconden gestos preocupados en las personas que se atreven a sostener mi mirada un segundo, antes de retirarla empujada por la fuerza conjunta de la culpa y el olvido.

Yo también les olvido. Son parte del escaparate de una ciudad ficticia que corre apresurada en la carrera del tiempo.

Tengo frío.

Amarrados a la confianza de una mano fuerte y caliente, los ojos de un niño reflejan la luz de la inocencia. Sus mejillas sonrosadas por el aliento del invierno alcanzan a dibujar en mis ojos unos trazos suaves de aquella ilusión que creía perdida, pero que se borran con el remolino de hojas secas que se forma cuando vuelve la esquina.

Me siento a esperar nuevamente a la Luna que me acompaña fiel las últimas noches.

Me desperté y lo supe.

Mis brazos abrazan a mis piernas que tiemblan de miedo y frío. La Luna me sonríe y me tiende la mano, que al principio rechazo para no desechar el poco calor que aún conservo; pero ella insiste. Al rozar su mano pálida mi cuerpo se relaja mientras un calor delicioso va invadiendo cada centímetro de mi espalda y se extiende por mis piernas cansadas. La miro a los ojos y ella sostiene mi mirada con un gesto amable, casi cariñoso mientras me estrecha entre sus brazos. Se balancea meciendo mi cuerpo mientras entona una canción que por un segundo me hace recordar otro tiempo; y otro espacio. Y poco a poco, me quedo dormido.

El periódico de mañana dedicará diez líneas a explicar un titular que arrancará suspiros de unos cuántos: Murió de frío.


El derecho a una vivienda digna es uno de los Derechos Humanos.

10 de Diciembre: Día de los Derechos Humanos

martes, 19 de abril de 2011

Hoy te recuerdo

Hoy te recuerdo. El viento que emana de lo más profundo de este océano maldito aún huele a tus caricias. Al pasar por el puerto me detuve a escuchar tu voz entre las olas que reían con esa risa sarcástica del mar de las noches de tormenta. Si cierro los ojos aún puedo sentir tus besos en mi frente casi seca de ilusiones en esta tierra que en vez de regalarme los sueños que un día construimos en otra orilla, tan sólo me arrancó tu presencia sin apenas prestarme un pedazo de tiempo para decirte adiós.

Te recuerdo. Sonriendo en la playa con la brisa del mar haciendo que tus ojos se abriesen divertidos con aquellas palabras dulces que apenas una vez pude susurrarte al oído. Jugando a hacer castillos de arena que lanzamos al aire, igual que la vida que un día pensamos que nos pertenecía.

Y aún te recuerdo. Tus manos cogiendo suavemente las mías, mientras mis lágrimas se mezclaban con la lluvia y el agua del mar en aquella noche en que el infierno se llenó de agua salada. Nunca perdiste la sonrisa. Te reías, con aquella risa temblorosa que me acompaña cada día antes de conciliar el sueño, de mi temor de no encontrarte al alcanzar la orilla. Ni siquiera perdiste la sonrisa cuando tus ojos se llenaron de pánico al escuchar una carcajada del mar furioso arrastrándote lejos de mis besos.

Y todavía escucho en la orilla las últimas palabras que me dedicaron tus labios: “Vive como si cada día fuera el último y entierra la tristeza en lo más profundo del mar.” Pero las olas remueven el recuerdo, mientras cristaliza en mi mejilla una lágrima, mezclada con el sabor salado de tu ausencia.



Cada día mueren personas simplemente por intentar alcanzar una nueva oportunidad.

viernes, 1 de abril de 2011

Verano e Invierno

Una vez dibujamos nubes de papel sobre el cristal de tu ventana. Reímos mientras el mundo dejaba un rato su habitual tono gris.

Cantamos caricias en la noche mientras olvidábamos que tiempo atrás las tormentas empezaban en las lágrimas de tus ojos.

Escuchamos el mar susurrando poemas que hacían eco en las caracolas que nos sonreían desde la arena fresca de aquella playa de El Ferrol.

Nos bañamos en los rayos de Sol que tímidos nos espiaban tras una nube que se divertía viendo como el helado de chocolate manchaba tu nariz.

Y descubrimos nuestros cuerpos a base de caricias mezcladas con la brisa húmeda que celosa, trataba de descubrir los secretos que escondías bajo tu vestido blanco de verano.


Y ahora ya no me queda papel para dibujar más nubes; lo gasté en las cartas que nunca contestaste. Y llueve. Y las caracolas se esconden bajo la arena mojada, temerosas de escuchar mis eternas preguntas, cansadas de repetir cada atardecer, con un susurro que es casi imperceptible aquellos poemas que un día escribimos con miradas. Y el agua está tan fría que duele casi tanto como tu ausencia. Y sopla el viento huracanado tratando de arrancarme con violencia los últimos recuerdos que me quedan.

domingo, 13 de febrero de 2011

Bajo llave

Miro mis brazos pálidos, marcados por las cicatrices del trabajo a lo largo de los años. Mis piernas delgadas, donde apenas quedan algunas trazas del músculo que tenía cuando era joven. Apenas recuerdo cuando corría durante horas junto al río, que parecía no tener fin. Hace tiempo que me cansé de rozar mi brazo derecho contra el mismo muro de hormigón al correr. Además estoy cansado. El tiempo. El ahogo. Estas cuatro paredes. La desilusión. El hastío.

La esperanza. A veces aún siento hormigas recorriendo mi estómago cuando pronuncio esa palabra. Aunque no recuerdo si la dejé en la celda 245 o en la 320. Hace demasiado tiempo. Me gusta observar a los jóvenes que llegan, cargados de razones y planes, confiando en que un día, recibirán un sobre sellado con la libertad. Una vez fui como ellos. Pero de eso también hace demasiado tiempo.

Los días van gastando mi vida, aunque no me importa, la perdí el día que crucé aquella alambrada de metal en la parte trasera de un furgón con las manos amarradas por aquellas esposas frías de metal. Recuerdo su tacto en mis muñecas, y el color azulado de la punta de mis dedos; estaban demasiado apretadas, dijeron cuando al fin me dejaron bajar en lo que ha sido mi mundo durante más de veinte años.

Entonces era joven, e inexperto. Tenía ilusión por las cosas. Me acuerdo que no me gustaba juntarme con los presos más viejos, me parecían tristes. Solía decir que merecían estar allí después de tanto tiempo porque no luchaban por regresar al mundo.

Escribí cartas y recursos a esos señores que estudian para aplicar justicia. Justicia; qué bonita y a la vez temible palabra. Asumo que debe ser justo privar a alguien como yo de respirar fuera de los muros humedecidos de esta maldita cárcel.

Hace tiempo que nadie me visita. Mis hermanos se enfadan cuando consiento hablar con ellos por teléfono y les niego el derecho a visitarme. Me gusta verlos felices, pero eso hace que en mí se despierte la ilusión por lo que hay ahí fuera, y es doloroso.

Y años atrás aprendí que aquí, sentir es morir, y a mí sólo me queda escucharme respirar, masticar y tragar, o como dicen algunos, sobrevivir.

martes, 12 de octubre de 2010

Llueve

Las gotas de agua resbalaban por su cara arrastrando los restos de sal de las lágrimas de antaño, dejando al descubierto un rostro suave que apenas recordaba. Sentía su cabello mojado, el agua recorriendo el espacio por detrás de sus orejas. El viento fresco de la madrugada susurrando un secreto helado en su cuello, que erizó travieso el vello de su nuca.

Cerró los ojos dejando que el agua empapase su ropa, sustituyendo al peso que soportaba sobre su frágil espalda.

viernes, 30 de julio de 2010

Tormenta

Con los ojos cerrados dejaba que el aire movido por un viejo ventilador destartalado despeinase sus cabellos, enredándolos suavemente mientras acariciaban su rostro. Dejó fluir el aire refrescante a través de su cuerpo, que le parecía demasiado pesado para iniciar el vuelo a través de las nubes y escapar de la tormenta que podía intuir a través de las sombras que se colaban atrevidas por las rendijas de la persiana.

Se levantó lentamente, con sus pestañas selladas, para no ver los destellos de los relámpagos que siempre la habían aterrorizado. Sintió la contracción involuntaria de sus músculos con el bramido del primer trueno de la tarde, y el dolor punzante del vello de su brazo al erizarse. Su respiración se hizo cada vez más pesada, en un intento inútil de eliminar el miedo.

Una mano cálida rozó su espalda, al mismo tiempo que una voz grave susurró en su oído las palabras mágicas que otras veces la habían sacado de ese infierno. Un escudo de abrazo se amarró firmemente a su cintura, frenando suavemente su corazón acelerado por el miedo, y poco a poco fue sumiéndose en un profundo sueño, en el que la temible tormenta se transformó en un desagradable y lejano recuerdo.