jueves, 6 de noviembre de 2008

Danzas de mimbre

Recuerdo la última vez que bailamos.
Recuerdo tus manos deslizándose por mis caderas, dibujando el contorno de mi cintura, temerosas de ser un obstáculo para mi movimiento.
Recuerdo sentir el tacto de tu nariz sobre mi pelo, y tu respiración cálida sobre mi hombro mientras nuestro mundo se reducía a una expresión mínima, sintiéndonos ajenos a todo lo que ocurría a nuestro alrededor; sin sentir la gente, sin sentir el ruido, sin escuchar otra música que la de nuestros corazones.
Y seguir bailando, mientras bajo nuestros pies desaparecía el suelo árido, para encontrarnos de repente desordenando una nube con nuestros pasos de baile.
¿Tú también lo recuerdas?
Recuerdo tu mirada, tan profunda que conseguía alcanzar mi estómago y despertar dulcemente a las mariposas aletargadas, y perezosas para volar de nuevo, con las alas aún doloridas desde el último golpe.
Y tu voz susurrando cosas en mi oído, que había prometido volverse sordo ante las palabras dulces.
Recuerdo aquella noche.
Recuerdo aquella Luna. Y aquellas estrellas que se escondían en la niebla.
Y recuerdo aquel viento, muy hábil en su labor de llevarse lejos los recuerdos.

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