Es Navidad. Y tus sonrisas me hacen cosquillas en el ombligo. Y cierro los ojos en el frío de la noche mientras se congelan los extremos de mis dedos y la punta de mi nariz. Y con los ojos cerrados toco de nuevo tu mano. Y tus labios calientan mi boca congelada con un beso.
Me encanta sentarme en la hierba del parque y viajar hasta otra hierba más cálida, para sentir tus manos tapándome los ojos... jugando a reconocerte por la suavidad de tus dedos dibujando los contornos de mi rostro. El aroma de la hierba mojada se transforma fácilmente en el aroma de tu cuello y tu pelo ondeando débilmente por el efecto de la leve brisa del mar.
Bailo lentamente mecida por tus brazos ausentes frente a un árbol de luces, mientras me guías en nuestra danza, esa que solamente conocemos tu y yo, y que bailamos en nuestro sueño, tuyo y mío...
Esperando al barco que dejará que desciendas a través de una escalinata de plata y que logres alcanzar el muelle de mis abrazos, para poder abrir los ojos y seguir viéndote, tocándote y sintiéndote.
Es Navidad. A la estrella que brilla en la parte más alta de un abeto adornado le pido un deseo.
Yo deseo...

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