Estoy inmersa en la melodía desgarradora de un tango flamenco, nacida del enérgico rasgueo de las cuerdas de una guitarra. Las notas, una a una, abren viejas heridas, dejando brotar la sangre, que se derrama dotando de vida a los sentimientos nuevos, que crecen tímidos en una tierra árida de dolor y rabia.
Mis pies se deslizan por el suelo, mientras mantengo los ojos cerrados para no despertar del sueño que se levanta entre cada uno de los sonidos que resuenan en el interior de la guitarra, que se queja; es un quejido lastimero que se torna enérgico cuando las palmas acuden a acompañarla.
Abro los ojos para encontrar los tuyos, que mantienen fija una mirada profunda, que escudriña cada uno de los detalles de mi rostro. Y mi respiración se acelera. Suena una bulería.
Cuando tu pie izquierdo se adelanta para acercarte a mi las palmas tocan rápido. Y mi corazón parece ser uno más de los palmeros que, con ojos cerrados, acompañan la escena esta noche.
Tango. Bulería.
viernes, 17 de octubre de 2008
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