Hoy te recuerdo. El viento que emana de lo más profundo de este océano maldito aún huele a tus caricias. Al pasar por el puerto me detuve a escuchar tu voz entre las olas que reían con esa risa sarcástica del mar de las noches de tormenta. Si cierro los ojos aún puedo sentir tus besos en mi frente casi seca de ilusiones en esta tierra que en vez de regalarme los sueños que un día construimos en otra orilla, tan sólo me arrancó tu presencia sin apenas prestarme un pedazo de tiempo para decirte adiós.
Te recuerdo. Sonriendo en la playa con la brisa del mar haciendo que tus ojos se abriesen divertidos con aquellas palabras dulces que apenas una vez pude susurrarte al oído. Jugando a hacer castillos de arena que lanzamos al aire, igual que la vida que un día pensamos que nos pertenecía.
Y aún te recuerdo. Tus manos cogiendo suavemente las mías, mientras mis lágrimas se mezclaban con la lluvia y el agua del mar en aquella noche en que el infierno se llenó de agua salada. Nunca perdiste la sonrisa. Te reías, con aquella risa temblorosa que me acompaña cada día antes de conciliar el sueño, de mi temor de no encontrarte al alcanzar la orilla. Ni siquiera perdiste la sonrisa cuando tus ojos se llenaron de pánico al escuchar una carcajada del mar furioso arrastrándote lejos de mis besos.
Y todavía escucho en la orilla las últimas palabras que me dedicaron tus labios: “Vive como si cada día fuera el último y entierra la tristeza en lo más profundo del mar.” Pero las olas remueven el recuerdo, mientras cristaliza en mi mejilla una lágrima, mezclada con el sabor salado de tu ausencia.
Cada día mueren personas simplemente por intentar alcanzar una nueva oportunidad.

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