Una vez dibujamos nubes de papel sobre el cristal de tu ventana. Reímos mientras el mundo dejaba un rato su habitual tono gris.
Cantamos caricias en la noche mientras olvidábamos que tiempo atrás las tormentas empezaban en las lágrimas de tus ojos.
Escuchamos el mar susurrando poemas que hacían eco en las caracolas que nos sonreían desde la arena fresca de aquella playa de El Ferrol.
Nos bañamos en los rayos de Sol que tímidos nos espiaban tras una nube que se divertía viendo como el helado de chocolate manchaba tu nariz.
Y descubrimos nuestros cuerpos a base de caricias mezcladas con la brisa húmeda que celosa, trataba de descubrir los secretos que escondías bajo tu vestido blanco de verano.
Y ahora ya no me queda papel para dibujar más nubes; lo gasté en las cartas que nunca contestaste. Y llueve. Y las caracolas se esconden bajo la arena mojada, temerosas de escuchar mis eternas preguntas, cansadas de repetir cada atardecer, con un susurro que es casi imperceptible aquellos poemas que un día escribimos con miradas. Y el agua está tan fría que duele casi tanto como tu ausencia. Y sopla el viento huracanado tratando de arrancarme con violencia los últimos recuerdos que me quedan.

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