Me desperté y lo supe.
Desempolvé los años pasados que quedaban guardados en la última de mis cajas de cartón. Con un dedo intenté hacer visibles los recuerdos de un tiempo en que las paredes de mi cuarto se pintaban con proyectos que hace tiempo fueron sustituidos por pintura de rutina.
Camino por la calle sin sentir apenas los golpes en los hombros que asestan los transeúntes en su movimiento rápido dirigido a un fin que sólo ellos conocen. Yo vago sin rumbo en una ciudad llena de luces cegadoras y sonidos pasados que hoy me resultan extraños.
Veo risas que esconden gestos preocupados en las personas que se atreven a sostener mi mirada un segundo, antes de retirarla empujada por la fuerza conjunta de la culpa y el olvido.
Yo también les olvido. Son parte del escaparate de una ciudad ficticia que corre apresurada en la carrera del tiempo.
Tengo frío.
Amarrados a la confianza de una mano fuerte y caliente, los ojos de un niño reflejan la luz de la inocencia. Sus mejillas sonrosadas por el aliento del invierno alcanzan a dibujar en mis ojos unos trazos suaves de aquella ilusión que creía perdida, pero que se borran con el remolino de hojas secas que se forma cuando vuelve la esquina.
Me siento a esperar nuevamente a la Luna que me acompaña fiel las últimas noches.
Me desperté y lo supe.
Mis brazos abrazan a mis piernas que tiemblan de miedo y frío. La Luna me sonríe y me tiende la mano, que al principio rechazo para no desechar el poco calor que aún conservo; pero ella insiste. Al rozar su mano pálida mi cuerpo se relaja mientras un calor delicioso va invadiendo cada centímetro de mi espalda y se extiende por mis piernas cansadas. La miro a los ojos y ella sostiene mi mirada con un gesto amable, casi cariñoso mientras me estrecha entre sus brazos. Se balancea meciendo mi cuerpo mientras entona una canción que por un segundo me hace recordar otro tiempo; y otro espacio. Y poco a poco, me quedo dormido.
El periódico de mañana dedicará diez líneas a explicar un titular que arrancará suspiros de unos cuántos: Murió de frío.
El derecho a una vivienda digna es uno de los Derechos Humanos.
10 de Diciembre: Día de los Derechos Humanos
