viernes, 30 de mayo de 2008

¿Damos un paseo por la nubes?

¿Te apetece venir conmigo?

Será divertido.


¿Nunca soñaste con saltar de una nube a otra y zambullirte en un sedoso colchón blanco en mitad del cielo? ¿No pensaste en tocarlas con tus manos, y moldearlas a tu antojo, dándoles formas de helado, de corazón, de corderito? Así sería más fácil que todos pudieran ver lo que nosotros vemos. ¿Viste? ¡Es un niño en un columpio! Pocos lo ven. Lástima.

¿Quieres que paseemos?

Nos subiremos en esa nube tan blanca...parece cómoda ¿verdad? Ella nos llevará donde queramos; viajaremos cruzando mares y montañas, visitaremos tierras lejanas mientras disfrutamos del precioso Sol de los días nublados, que nunca podemos ver cuando estamos en la tierra.

¿Y sabes qué?

Así podremos hablar en susurros con las estrellas y con la Luna, y les contaremos nuestro secreto...Sólo ellas lo sabrán...ellas, y las nubes.

domingo, 18 de mayo de 2008

Un instante

Si cuando me levanté esta mañana lo hubiera sabido todo habría sido diferente.
No habría remoloneado en la cama rogando al despertador inerte cinco minutos más, ni hubiera tomado el mismo desayuno aburrido de siempre.
Si lo hubiera sabido habría disfrutado de cada uno de los rayos del Sol que se colaban tímidos por mi ventana, y hubiese preparado crêpes con chocolate.
Me arrepiento de no haberte saludado esta mañana, de no haberte llamado para preguntar que tal estabas, de no haberte dado un beso, de no haberme preocupado cuando me pareció que en tus ojos se asomaba la tristeza, de no haberte dado la enhorabuena por tu éxito, siempre demasiado preocupada por mis problemas, de no haberte dicho cuánto te quiero; ahora pienso que ójala me hubiese quedado cuando contabas esa historia, que debí haberme reído con tus chistes, que debimos tomar ese café.
Ahora.
Es tarde.
Es asombroso como cambia la vida en apenas un instante. Es en este momento cuando me doy cuenta que quizás pasé demasiado tiempo pensando en las cosas que me quedaban por hacer, olvidando disfutar de aquéllas que estaba viviendo. Solía pensar hasta hace un minuto que vivir al límite no tiene sentido, que no se puede sentir el máximo placer o dolor continuamente, que hay que reservarse para lo que pueda pasar después.
¿Por qué nos empeñamos en convencernos a nosotros mismos de que somos eternos, cuando en realidad nuestras vidas no son sino como una copa frágil de cristal? Tan débil y facilmente quebrable que nos empeñamos en mantenerla guardada en un vitrina, para mostrar lo maravillosa que es, sin llegar a utilizarla nunca, hasta que un día decidimos sacarla, tan sólo para quitarle el polvo acumulado por la falta de uso, y se nos escapa entre los dedos, quedando rota en mil minúsculos añicos junto a nuestros pies.
Así es como la veo. Veo como mi cuerpo inerte yace ante la mirada ausente de mi alma y los ojos llorosos de los transeuntes, que por un instante han detenido sus ajetreadas vidas para dar un adios silencioso a la mía, que partió deprisa, empujada por la fuerza de un coche que viajaba demasiado rápido, y que no pude ver porque estaba demasiado ocupada pensando en lo que tenía que hacer mañana.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Trenes

Esta tarde, de nuevo, como tantas otras tardes desde hace demasiados años, recorrerá el camino que le separa de la estación. Le gusta ver los trenes llegar. Y partir.
Disfruta observando a la gente que sube, y tambien a la que desciende, tratando de imaginar sus vidas.
El señor de la gabardina gris es un ajetreado padre de familia, que regresa a casa despues de un arduo día de trabajo para dar un beso a su esposa y acostar a sus tres niños, que sabe bien que estarán agazapados bajo las mantas, esperando su deseo de "buenas noches" para poder conciliar el sueño.
La anciana de la chaqueta verde y el paraguas rojo que subió en el tercer vagón visitará a su hermano, que vive lejos, y al que sólo puede ver dos veces cada año. Por eso se ha arreglado, vistiendo con el mejor atuendo que encontró en el armario en el que las polillas devoran las prendas de su difunto marido.
La señora que viaja con esa niña rubia con coletas que come caramelos de fresa y juega con su muñeca se mostró sorprendida cuando al apearse del tren nadie la estaba esperando, e ignoró a la pequeña cuando ésta le dijo "Mira lo que hago mamá".
Los dos jóvenes que entrelazan sus dedos temblorosos se miran con ternura, perdiendo de vista algunos instantes los ojos del otro para asegurarse que nadie se ha dado cuenta de que piensan tomar el tren con destino a un sueño, sin billete de retorno.

Y otro tren que se va. Otro más.

Y ella nunca desciende de ninguno de los vagones, a pesar de que la aguarda todos los días desde que aún no tenía el pelo cano.
Espera que algún día decida comprar el billete de vuelta del lugar tan lejano llamado Recuerdo.