Si cuando me levanté esta mañana lo hubiera sabido todo habría sido diferente.
No habría remoloneado en la cama rogando al despertador inerte cinco minutos más, ni hubiera tomado el mismo desayuno aburrido de siempre.
Si lo hubiera sabido habría disfrutado de cada uno de los rayos del Sol que se colaban tímidos por mi ventana, y hubiese preparado crêpes con chocolate.
Me arrepiento de no haberte saludado esta mañana, de no haberte llamado para preguntar que tal estabas, de no haberte dado un beso, de no haberme preocupado cuando me pareció que en tus ojos se asomaba la tristeza, de no haberte dado la enhorabuena por tu éxito, siempre demasiado preocupada por mis problemas, de no haberte dicho cuánto te quiero; ahora pienso que ójala me hubiese quedado cuando contabas esa historia, que debí haberme reído con tus chistes, que debimos tomar ese café.
Ahora.
Es tarde.
Es asombroso como cambia la vida en apenas un instante. Es en este momento cuando me doy cuenta que quizás pasé demasiado tiempo pensando en las cosas que me quedaban por hacer, olvidando disfutar de aquéllas que estaba viviendo. Solía pensar hasta hace un minuto que vivir al límite no tiene sentido, que no se puede sentir el máximo placer o dolor continuamente, que hay que reservarse para lo que pueda pasar después.
¿Por qué nos empeñamos en convencernos a nosotros mismos de que somos eternos, cuando en realidad nuestras vidas no son sino como una copa frágil de cristal? Tan débil y facilmente quebrable que nos empeñamos en mantenerla guardada en un vitrina, para mostrar lo maravillosa que es, sin llegar a utilizarla nunca, hasta que un día decidimos sacarla, tan sólo para quitarle el polvo acumulado por la falta de uso, y se nos escapa entre los dedos, quedando rota en mil minúsculos añicos junto a nuestros pies.
Así es como la veo. Veo como mi cuerpo inerte yace ante la mirada ausente de mi alma y los ojos llorosos de los transeuntes, que por un instante han detenido sus ajetreadas vidas para dar un adios silencioso a la mía, que partió deprisa, empujada por la fuerza de un coche que viajaba demasiado rápido, y que no pude ver porque estaba demasiado ocupada pensando en lo que tenía que hacer mañana.