viernes, 30 de julio de 2010

Tormenta

Con los ojos cerrados dejaba que el aire movido por un viejo ventilador destartalado despeinase sus cabellos, enredándolos suavemente mientras acariciaban su rostro. Dejó fluir el aire refrescante a través de su cuerpo, que le parecía demasiado pesado para iniciar el vuelo a través de las nubes y escapar de la tormenta que podía intuir a través de las sombras que se colaban atrevidas por las rendijas de la persiana.

Se levantó lentamente, con sus pestañas selladas, para no ver los destellos de los relámpagos que siempre la habían aterrorizado. Sintió la contracción involuntaria de sus músculos con el bramido del primer trueno de la tarde, y el dolor punzante del vello de su brazo al erizarse. Su respiración se hizo cada vez más pesada, en un intento inútil de eliminar el miedo.

Una mano cálida rozó su espalda, al mismo tiempo que una voz grave susurró en su oído las palabras mágicas que otras veces la habían sacado de ese infierno. Un escudo de abrazo se amarró firmemente a su cintura, frenando suavemente su corazón acelerado por el miedo, y poco a poco fue sumiéndose en un profundo sueño, en el que la temible tormenta se transformó en un desagradable y lejano recuerdo.