La despertó un rayo de Sol intenso que venció la barrera de su cortina oscura, que había mantenido en penumbra la habitación durante meses. Al principio se agazapó entre las sábanas, huyendo de él, como las otras veces que lo había visto intentar colarse por su ventana. Sin embargo, curiosa, esta vez lo miró desde lejos, viendo como iluminaba una flor marchita en la esquina de la estancia. Los latidos de su corazón triste, que durante semanas se había mantenido escondido en su pecho, gastando la mínima energía necesaria para mantenerla muerta en vida, comenzaron a golpear contra sus costillas. Al principio sintió miedo; apenas recordaba lo que era un corazón latiendo. Miró los movimientos, cada vez más rápidos, de su tórax, mientras seguía observando la luz que se filtraba por la rendija que por accidente se había formado en la ventana.
Una fuerza extraña la obligó a sacar de entre las mantas una mano demasiado pálida, con un tono azulado por las venas que llevaban sangre de desesperanza, y a buscar el tacto suave de la cálida luz. En el mismo instante en que sus dedos rozaron el rayo luminoso, sintió una punzada en el estómago; él también revivía. Asustada quiso retroceder, pero la curiosidad era demasiado grande. Dejó que la luz tocara su brazo, mientras observaba su piel, seca y pálida, recobrar algo de luz. Respiraba fuerte. Sin dejar de mirar hacia la ventana, aún cerrada, se incorporó en su cama. Al principio sintió un delicioso mareo por el cambio de posición. Con cuidado, se puso de pie sobre sus piernas, que temblaban por la debilidad de la falta de uso, sin apartar en ningún momento su mano del cálido rayo.
Sus pies se vieron invadidos por la luz, sintiéndose vivos de nuevo, con ganas de bailar, como solía hacer meses atrás.
Uno a uno desabrochó los botones de su camisón de invierno, que se deslizó sobre sus hombros hasta caer al suelo, desprendiéndola del peso de la pena.
Con paso decidido, por primera vez desde hacía demasiado tiempo, se aproximó a la ventana y con un golpe seco corrió la cortina, que quedó abierta de par en par. La luz intensa cegó sus ojos que habían decidido renunciar al Sol, y su cuerpo se vio invadido por una nueva energía, que ni siquiera recordaba haber sentido alguna vez. Abrió la ventana, dejando que el aire helado rozara su cuerpo, que temblaba, más por el miedo a lo desconocido, que por el frío, que ella sentía como delicioso.
De pronto recordó todo.
Trepó al alféizar de la ventana. Las mariposas de invierno le hicieron cosquillas en la nariz. Se inclinó hacia delante con movimiento firme. Podía volar de nuevo.